Es imposible e inútil el querer imaginar una Iglesia sin la
aportación femenina
"Por desgracia somos herederos de una historia de enormes
condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han
hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad,
olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso
reducida a esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella
misma y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas
espirituales. No sería ciertamente fácil señalar responsabilidades
precisas, considerando la fuerza de las sedimentaciones culturales
que, a lo largo de los siglos, han plasmado mentalidades e
instituciones. Pero si en esto no han faltado, especialmente en
determinados contextos históricos, responsabilidades objetivas
incluso en no pocos hijos de la Iglesia, lo siento sinceramente".
Con esta sensibilidad, con esta afirmación se expresaba Juan Pablo
II en la carta que en 1995 escribió a las mujeres.
Es imposible e inútil el querer imaginar una Iglesia sin la
aportación femenina. Tan sin sentido que jamás un buen cristiano
podrá esconderla y, mucho menos, negarla. En la homilía del viernes
santo pasado ante la curia romana y el Santo Padre, el predicador de
la casa pontificia, P. Rainero Cantalamesa, ha recordado que las
mujeres son la esperanza de un mundo más humano, que nuestra
civilización "tiene necesidad de un corazón para que el hombre pueda
sobrevivir en ella sin deshumanizarse del todo"; de ahí que deba
darse "más espacio a las razones del corazón" para evitar otra "era
glacial" pues hoy se constata la avidez de aumentar el conocimiento
pero muy poca la de aumentar la capacidad de amar, y ello tiene su
explicación: "el conocimiento se traduce automáticamente en poder,
el amor en servicio".
Es un hecho. De un tiempo para acá, los Papas han sabido ir
incardinando las aptitudes de la mujer en varios dicasterios y
organismos de la vida de la Iglesia. Con Juan Pablo II se acentuó un
periodo, si cabe decirlo así, fecundo de acercamiento y exaltación
de los dones, valores, virtudes y vocación propias de la mujer; una
valoración que ha ayudado a ver desde otra perspectiva, tanto a
hombres como a mujeres, eclesiásticos o no, la participación de
éstas en la vida de la Iglesia y el mundo.
Benedicto XVI ha seguido lúcidamente en esta línea. Como cardenal
estuvo encargado de presentar, el 30 de septiembre de 1988, la carta
apostólica que Juan Pablo II dedicara a las mujeres (La dignidad de
la mujer ). Como prefecto de la congregación para la doctrina de la
fe, el 31 de julio de 2004, regaló al mundo aquel hermoso documento,
la "Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración
del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo", que vino
revitalizar los documentos pontificios anteriormente aparecidos
sobre el tema y a refrescar la importancia de la feminidad dentro de
la Iglesia, en el mundo, y la necesidad de que la vocación natural,
los dones y aptitudes de la mujer fuesen valorados por el varón y
los de éste por ella. Ahora como Papa, las palabras de afecto y
reconocimiento hacia la mujer no han sido menores pese a que muchos
se empeñen en tratar de hacer ver lo contrario.
1. Gestos y manifestaciones
En febrero pasado, durante la audiencia general, el Papa centró
laudatoriamente la atención en las numerosas figuras femeninas
que "desempeñaron un papel efectivo y valioso en la difusión del
Evangelio" subrayando que "no se puede olvidar su testimonio". Con
esa catequesis se evidenciaba aún más la trayectoria de
reconocimiento público que Benedicto XVI ha venido siguiendo en
comentarios puntuales hechos a través de entrevistas, homilías y
discursos; una trayectoria que recoge, expone y valora el gran
servicio y la aportación peculiar que la mujer ha prestado a la
Iglesia y al mundo reivindicando su protagonismo activo en el ámbito
de las comunidades cristianas primitivas y a lo largo de la historia
del cristianismo. En esos comentarios también ha recordado clara y
amorosamente el papel valiosísimo, aunque no ministerial, que la
mujer desarrolla en nuestra actualidad dentro de la Iglesia.
Un noble gesto a considerar ha sido el reciente reconocimiento que
Benedicto XVI, a través del presidente del Consejo Pontificio para
los laicos, el arzobispo Stanislaw Rilko, ha concedido a la Unión
Mundial de Organizaciones de Mujeres católicas (UMOFC), fundada en
1910, al otorgarles el estatuto de asociación pública internacional
de fieles; una declaración que, en palabras de la presidenta
general, Karen Hurley, significa que se "honra los incansables
esfuerzos de millones de mujeres fieles católicas activas en nuestra
unión a nivel parroquial, diocesano, nacional e internacional".
2. Maternidad como vocación de primer orden y máxima importancia
Quizá uno de los temas a los que, en el amplio campo de la mujer,
más referencia y énfasis ha hecho el Santo Padre, ha sido el de la
maternidad. Las palabras que al respecto a pronunciado no se han
limitado a la denuncia actual ante la creciente escasez de
candidatas a desempeñar su natural vocación de madres y educadoras;
ante todo, ha manifestado el aprecio personal y el valor de la
maternidad en sí misma, pero no todo ha quedado ahí. El Papa se sabe
hijo y lo que ello entraña, por ello ha agradecido a las madres el
don de sí mismas, el estar abiertas a la vida.
A un párroco romano que le pidió unas palabras de aliento para
las "mamás", el Papa dijo: "Decidles simplemente: el Papa os da las
gracias. Os expresa su gratitud porque habéis dado la vida, porque
queréis ayudar a esta vida que crece y así queréis construir un
mundo humano, contribuyendo a un futuro humano. Y no lo hacéis sólo
dando la vida biológica, sino también comunicando el centro de la
vida, dando a conocer a Jesús, introduciendo a vuestros hijos en el
conocimiento de Jesús, en la amistad con Jesús. Este es el
fundamento de toda catequesis. Por consiguiente, es preciso dar las
gracias a las madres por, sobre todo porque han tenido la valentía
de dar la vida. Y es necesario pedir a las madres que completen ese
dar la vida comunicando la amistad con Jesús".
Tiempo antes había ponderado el papel de la maternidad a propósito
de la festividad litúrgica de santa Mónica exaltando cómo ella había
vivido "de manera ejemplar su misión de esposa y madre ayudando a su
marido Patricio a descubrir la belleza de la fe en Cristo y la
fuerza del amor evangélico, capaz de vencer el mal con el bien".
Benedicto XVI no se ha detenido a recordar obligaciones sino en
hacer notar la belleza que hay detrás de la vocación de madre y,
consecuentemente, de educadora; ante la exposición reaccionaria de
ciertos grupos que se oponen a la realización de la mujer en el
hogar, la familia, el matrimonio, la maternidad, el Papa ha hecho
ver con delicadeza y afecto de padre y pastor cuán lejos está la
mujer que no corresponde a su misión natural.
3. Sacerdocio y la aportación de la mujer en la Iglesia
Hoy por hoy es más visible la participación de la mujer en
organismos vaticanos. Es verdad que Benedicto XVI, hasta el momento,
no ha realizado nombramientos al respecto sino que más bien ha
mantenido en pie los ya realizados por Juan Pablo II (entre otros,
el de la religiosa salesiana, sor Enrica Rosanna, subsecretaria para
la congregación de los institutos de vida consagrada y sociedades de
vida apostólica, y el de la doctora Mary Ann Glendon, presidenta de
la Pontificia Academia de Ciencias Sociales). Pero no todo ha
quedado ahí. Para el sínodo sobre la Eucaristía de octubre de 2005,
Benedicto XVI convocó a una docena de auditoras para participar en
el mismo: desde la ex embajadora de Filipinas ante la Santa Sede,
Enrietta Tambunting de Villa, hasta una fundadora, miembros seglares
de movimientos eclesiales y, por supuesto, religiosas de distintas
congregaciones.
Propiamente hablando no se puede hacer referencia a una doctrina
pontificia sobre la mujer. Ni el actual ni el pontificado anterior
la tuvo. Y es que la feminidad no es doctrina de un Papa sino
riqueza de la Iglesia entera. Con los documentos que sacó Juan Pablo
II, el pontífice no hizo más que evidenciar lo que la Iglesia ha
creído y defendido sobre la mujer apoyada en el principio paulino
según el cual para los bautizados "ya no hay judío ni griego; ni
esclavo ni libre; ni hombre ni mujer". El motivo es que "todos somos
uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28), "es decir, todos tenemos la
misma dignidad de fondo, aunque cada uno con funciones específicas".
Es a la luz de esas funciones específicas que se debe captar la
respuesta expresada a modo de negativa para el acceso de la mujer a
las órdenes Sagradas. Y es que la Iglesia no se puede entender al
modo democrático y meramente político. El que muchos quieran una
aportación más clara y visible de la mujer en puestos de mayor
responsabilidad parece inquietud justa entendida al modo meramente
humano de paridad de oportunidades, pero no es así. "Como sabemos,
el ministerio sacerdotal, procedente del Señor, está reservado a los
varones, en cuanto que el ministerio sacerdotal es el gobierno en el
sentido profundo, pues, en definitiva, es el Sacramento el que
gobierna la Iglesia. Este es el punto decisivo. No es el hombre
quien hace algo, sino que es el sacerdote fiel a su misión el que
gobierna, en el sentido de que es el Sacramento, es decir, Cristo
mismo mediante el Sacramento, quien gobierna, tanto a través de la
Eucaristía como a través de los demás Sacramentos, y así siempre es
Cristo quien preside".
Y es que el sacerdocio se ha llegado a interpretar como un derecho,
cuando es un servicio propio del varón con vocación a servir como
presbítero. Interrogado sobre el tema de la aportación clara y
visible de la mujer en la Iglesia, el Santo Padre declaró a los
periodistas de Radio Vaticano y cuatro cadenas alemanas (Bayerischer
Rundfunk, ARD, ZDF y la Deutsche Welle): " no hay que pensar que en
la Iglesia la única posibilidad de desempeñar un papel importante es
la de ser sacerdote. En la historia de la Iglesia hay muchísimas
tareas y funciones. Basta recordar las hermanas de los Padre de la
Iglesia, y la Edad Media, cuando grandes mujeres desempeñaron un
papel muy decisivo, y también en la época moderna. Pensemos en
Hildegarda de Bingen, que protestaba enérgicamente ante los obispos
y el Papa; en Catalina de Siena y en Brígida de Suecia. También en
los tiempos modernos las mujeres deben buscar siempre de nuevo -y
nosotros con ellas- el lugar que les corresponde. Hoy están muy
presentes en los dicasterios de la Santa Sede. Pero existe un
problema jurídico: el de la jurisdicción, es decir, el hecho de que,
según el derecho canónico, la facultad de tomar decisiones
jurídicamente vinculantes va unida al Orden Sagrado".
Encontrar el lugar que les corresponda significa para el Papa que
tienen un lugar; partiendo de ahí ahora hay que reencontrarlo o
toparse con él por vez primera. No se trata de buscar nuevos lugares
sino de retomar los que ya existen. Al decir "nosotros con ellas"
está significando que para determinar si realmente el lugar
reencontrado es efectivamente tal, debe contar con la confirmación
de la autoridad respectiva.
En marzo de 2006, un joven sacerdote preguntó al Papa: "¿Por qué no
hacer que la mujer colabore en el gobierno de la Iglesia? Convendría
promover el papel de la mujer también en el ámbito institucional y
ver que su punto de vista es diverso del masculino". La prensa
mundial hizo grande eco de la pregunta y poco caso y publicidad a la
respuesta. El Papa respondió con ternura y profundidad: "Siempre me
causa gran impresión, en el primer Canon, el Canon Romano, la
oración especial por los sacerdotes. En esta humildad realista de
los sacerdotes, nosotros, precisamente como pecadores, pedimos al
Señor que nos ayude a ser sus siervos. En esta oración por el
sacerdote, y sólo en esta, aparecen siete mujeres rodeando al
sacerdote. Se presentan precisamente como las mujeres creyentes que
nos ayudan en nuestro camino. Ciertamente, cada uno lo ha
experimentado. Así, la Iglesia tiene una gran deuda de gratitud con
respecto a las mujeres ( ) Las mujeres hacen mucho por el gobierno
de la Iglesia, comenzando por la religiosas, por las hermanas de los
grandes Padres de la Iglesia, como san Ambrosio, hasta las grandes
mujeres de la Edad Media: santa Hildegarda, santa Catalina de Siena,
santa Teresa de Ávila; y recientemente madre Teresa. ( ) como
sabemos, el ministerio sacerdotal, procedente del Señor, está
reservado a los varones, en cuanto que el ministerio sacerdotal es
el gobierno en el sentido profundo, pues, en definitiva, es el
Sacramento el que gobierna la Iglesia. Este es el punto decisivo. No
es el hombre quien hace algo, sino que es el sacerdote fiel a su
misión el que gobierna, en el sentido de que es el Sacramento, es
decir, Cristo mismo mediante el Sacramento, quien gobierna, tanto a
través de la Eucaristía como a través de los demás Sacramentos, y
así siempre es Cristo quien preside[1] <#_ftn1> ". No es el hombre
quien gobierna, ¡es el sacramento! Por tanto no cabe hablar de
discriminación. Es Cristo en definitiva quien gobierna.
El actual Pontífice se ha mostrado sabio y delicado a la hora de
aclamar la figura de la mujer así como en los momentos en los que ha
recordado cuál no es su función y los motivos de ello. Bien puede
pensarse que lleva en la mente aquel sentido agradecimiento que con
motivo de la IV Conferencia Mundial sobre la mujer en Pekín redactó
Juan Pablo II a modo de carta.
4. Agradecimiento a las mujeres
Benedicto XVI no cesará de reivindicar la riqueza del genio
femenino. Ya lo ha hecho y, qué duda cabe, lo seguirá haciendo. El
reflejo de esas manifestaciones comienza a dejarse sentir en muchos
otros ámbitos de la Iglesia. Cómo no traer a cuento aquellas
palabras de gratitud pensadas, escritas y pronunciadas por aquel
gran poeta y Papa, Juan Pablo II, que hayan eco en su predecesor:
"Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser
humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia
única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la
luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento,
punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino
al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al
servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo
familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu
sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los
ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y
política, mediante la indispensable aportación que das a la
elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a
una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «
misterio », a la edificación de estructuras económicas y políticas
más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de
las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con
docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a
toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta « esponsal », que
expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su
criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la
intuición propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo
y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas".
aportación femenina
"Por desgracia somos herederos de una historia de enormes
condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han
hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad,
olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso
reducida a esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella
misma y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas
espirituales. No sería ciertamente fácil señalar responsabilidades
precisas, considerando la fuerza de las sedimentaciones culturales
que, a lo largo de los siglos, han plasmado mentalidades e
instituciones. Pero si en esto no han faltado, especialmente en
determinados contextos históricos, responsabilidades objetivas
incluso en no pocos hijos de la Iglesia, lo siento sinceramente"
Con esta sensibilidad, con esta afirmación se expresaba Juan Pablo
II en la carta que en 1995 escribió a las mujeres.
Es imposible e inútil el querer imaginar una Iglesia sin la
aportación femenina. Tan sin sentido que jamás un buen cristiano
podrá esconderla y, mucho menos, negarla. En la homilía del viernes
santo pasado ante la curia romana y el Santo Padre, el predicador de
la casa pontificia, P. Rainero Cantalamesa, ha recordado que las
mujeres son la esperanza de un mundo más humano, que nuestra
civilización "tiene necesidad de un corazón para que el hombre pueda
sobrevivir en ella sin deshumanizarse del todo"; de ahí que deba
darse "más espacio a las razones del corazón" para evitar otra "era
glacial" pues hoy se constata la avidez de aumentar el conocimiento
pero muy poca la de aumentar la capacidad de amar, y ello tiene su
explicación: "el conocimiento se traduce automáticamente en poder,
el amor en servicio".
Es un hecho. De un tiempo para acá, los Papas han sabido ir
incardinando las aptitudes de la mujer en varios dicasterios y
organismos de la vida de la Iglesia. Con Juan Pablo II se acentuó un
periodo, si cabe decirlo así, fecundo de acercamiento y exaltación
de los dones, valores, virtudes y vocación propias de la mujer; una
valoración que ha ayudado a ver desde otra perspectiva, tanto a
hombres como a mujeres, eclesiásticos o no, la participación de
éstas en la vida de la Iglesia y el mundo.
Benedicto XVI ha seguido lúcidamente en esta línea. Como cardenal
estuvo encargado de presentar, el 30 de septiembre de 1988, la carta
apostólica que Juan Pablo II dedicara a las mujeres (La dignidad de
la mujer ). Como prefecto de la congregación para la doctrina de la
fe, el 31 de julio de 2004, regaló al mundo aquel hermoso documento,
la "Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración
del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo", que vino
revitalizar los documentos pontificios anteriormente aparecidos
sobre el tema y a refrescar la importancia de la feminidad dentro de
la Iglesia, en el mundo, y la necesidad de que la vocación natural,
los dones y aptitudes de la mujer fuesen valorados por el varón y
los de éste por ella. Ahora como Papa, las palabras de afecto y
reconocimiento hacia la mujer no han sido menores pese a que muchos
se empeñen en tratar de hacer ver lo contrario.
1. Gestos y manifestaciones
En febrero pasado, durante la audiencia general, el Papa centró
laudatoriamente la atención en las numerosas figuras femeninas
que "desempeñaron un papel efectivo y valioso en la difusión del
Evangelio" subrayando que "no se puede olvidar su testimonio". Con
esa catequesis se evidenciaba aún más la trayectoria de
reconocimiento público que Benedicto XVI ha venido siguiendo en
comentarios puntuales hechos a través de entrevistas, homilías y
discursos; una trayectoria que recoge, expone y valora el gran
servicio y la aportación peculiar que la mujer ha prestado a la
Iglesia y al mundo reivindicando su protagonismo activo en el ámbito
de las comunidades cristianas primitivas y a lo largo de la historia
del cristianismo. En esos comentarios también ha recordado clara y
amorosamente el papel valiosísimo, aunque no ministerial, que la
mujer desarrolla en nuestra actualidad dentro de la Iglesia.
Un noble gesto a considerar ha sido el reciente reconocimiento que
Benedicto XVI, a través del presidente del Consejo Pontificio para
los laicos, el arzobispo Stanislaw Rilko, ha concedido a la Unión
Mundial de Organizaciones de Mujeres católicas (UMOFC), fundada en
1910, al otorgarles el estatuto de asociación pública internacional
de fieles; una declaración que, en palabras de la presidenta
general, Karen Hurley, significa que se "honra los incansables
esfuerzos de millones de mujeres fieles católicas activas en nuestra
unión a nivel parroquial, diocesano, nacional e internacional"
2. Maternidad como vocación de primer orden y máxima importancia
Quizá uno de los temas a los que, en el amplio campo de la mujer,
más referencia y énfasis ha hecho el Santo Padre, ha sido el de la
maternidad. Las palabras que al respecto a pronunciado no se han
limitado a la denuncia actual ante la creciente escasez de
candidatas a desempeñar su natural vocación de madres y educadoras;
ante todo, ha manifestado el aprecio personal y el valor de la
maternidad en sí misma, pero no todo ha quedado ahí. El Papa se sabe
hijo y lo que ello entraña, por ello ha agradecido a las madres el
don de sí mismas, el estar abiertas a la vida.
A un párroco romano que le pidió unas palabras de aliento para
las "mamás", el Papa dijo: "Decidles simplemente: el Papa os da las
gracias. Os expresa su gratitud porque habéis dado la vida, porque
queréis ayudar a esta vida que crece y así queréis construir un
mundo humano, contribuyendo a un futuro humano. Y no lo hacéis sólo
dando la vida biológica, sino también comunicando el centro de la
vida, dando a conocer a Jesús, introduciendo a vuestros hijos en el
conocimiento de Jesús, en la amistad con Jesús. Este es el
fundamento de toda catequesis. Por consiguiente, es preciso dar las
gracias a las madres por, sobre todo porque han tenido la valentía
de dar la vida. Y es necesario pedir a las madres que completen ese
dar la vida comunicando la amistad con Jesús".
Tiempo antes había ponderado el papel de la maternidad a propósito
de la festividad litúrgica de santa Mónica exaltando cómo ella había
vivido "de manera ejemplar su misión de esposa y madre ayudando a su
marido Patricio a descubrir la belleza de la fe en Cristo y la
fuerza del amor evangélico, capaz de vencer el mal con el bien".
Benedicto XVI no se ha detenido a recordar obligaciones sino en
hacer notar la belleza que hay detrás de la vocación de madre y,
consecuentemente, de educadora; ante la exposición reaccionaria de
ciertos grupos que se oponen a la realización de la mujer en el
hogar, la familia, el matrimonio, la maternidad, el Papa ha hecho
ver con delicadeza y afecto de padre y pastor cuán lejos está la
mujer que no corresponde a su misión natural.
3. Sacerdocio y la aportación de la mujer en la Iglesia
Hoy por hoy es más visible la participación de la mujer en
organismos vaticanos. Es verdad que Benedicto XVI, hasta el momento,
no ha realizado nombramientos al respecto sino que más bien ha
mantenido en pie los ya realizados por Juan Pablo II (entre otros,
el de la religiosa salesiana, sor Enrica Rosanna, subsecretaria para
la congregación de los institutos de vida consagrada y sociedades de
vida apostólica, y el de la doctora Mary Ann Glendon, presidenta de
la Pontificia Academia de Ciencias Sociales). Pero no todo ha
quedado ahí. Para el sínodo sobre la Eucaristía de octubre de 2005,
Benedicto XVI convocó a una docena de auditoras para participar en
el mismo: desde la ex embajadora de Filipinas ante la Santa Sede,
Enrietta Tambunting de Villa, hasta una fundadora, miembros seglares
de movimientos eclesiales y, por supuesto, religiosas de distintas
congregaciones.
Propiamente hablando no se puede hacer referencia a una doctrina
pontificia sobre la mujer. Ni el actual ni el pontificado anterior
la tuvo. Y es que la feminidad no es doctrina de un Papa sino
riqueza de la Iglesia entera. Con los documentos que sacó Juan Pablo
II, el pontífice no hizo más que evidenciar lo que la Iglesia ha
creído y defendido sobre la mujer apoyada en el principio paulino
según el cual para los bautizados "ya no hay judío ni griego; ni
esclavo ni libre; ni hombre ni mujer". El motivo es que "todos somos
uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28), "es decir, todos tenemos la
misma dignidad de fondo, aunque cada uno con funciones específicas".
Es a la luz de esas funciones específicas que se debe captar la
respuesta expresada a modo de negativa para el acceso de la mujer a
las órdenes Sagradas. Y es que la Iglesia no se puede entender al
modo democrático y meramente político. El que muchos quieran una
aportación más clara y visible de la mujer en puestos de mayor
responsabilidad parece inquietud justa entendida al modo meramente
humano de paridad de oportunidades, pero no es así. "Como sabemos,
el ministerio sacerdotal, procedente del Señor, está reservado a los
varones, en cuanto que el ministerio sacerdotal es el gobierno en el
sentido profundo, pues, en definitiva, es el Sacramento el que
gobierna la Iglesia. Este es el punto decisivo. No es el hombre
quien hace algo, sino que es el sacerdote fiel a su misión el que
gobierna, en el sentido de que es el Sacramento, es decir, Cristo
mismo mediante el Sacramento, quien gobierna, tanto a través de la
Eucaristía como a través de los demás Sacramentos, y así siempre es
Cristo quien preside".
Y es que el sacerdocio se ha llegado a interpretar como un derecho,
cuando es un servicio propio del varón con vocación a servir como
presbítero. Interrogado sobre el tema de la aportación clara y
visible de la mujer en la Iglesia, el Santo Padre declaró a los
periodistas de Radio Vaticano y cuatro cadenas alemanas (Bayerischer
Rundfunk, ARD, ZDF y la Deutsche Welle): " no hay que pensar que en
la Iglesia la única posibilidad de desempeñar un papel importante es
la de ser sacerdote. En la historia de la Iglesia hay muchísimas
tareas y funciones. Basta recordar las hermanas de los Padre de la
Iglesia, y la Edad Media, cuando grandes mujeres desempeñaron un
papel muy decisivo, y también en la época moderna. Pensemos en
Hildegarda de Bingen, que protestaba enérgicamente ante los obispos
y el Papa; en Catalina de Siena y en Brígida de Suecia. También en
los tiempos modernos las mujeres deben buscar siempre de nuevo -y
nosotros con ellas- el lugar que les corresponde. Hoy están muy
presentes en los dicasterios de la Santa Sede. Pero existe un
problema jurídico: el de la jurisdicción, es decir, el hecho de que,
según el derecho canónico, la facultad de tomar decisiones
jurídicamente vinculantes va unida al Orden Sagrado".
Encontrar el lugar que les corresponda significa para el Papa que
tienen un lugar; partiendo de ahí ahora hay que reencontrarlo o
toparse con él por vez primera. No se trata de buscar nuevos lugares
sino de retomar los que ya existen. Al decir "nosotros con ellas"
está significando que para determinar si realmente el lugar
reencontrado es efectivamente tal, debe contar con la confirmación
de la autoridad respectiva.
En marzo de 2006, un joven sacerdote preguntó al Papa: "¿Por qué no
hacer que la mujer colabore en el gobierno de la Iglesia? Convendría
promover el papel de la mujer también en el ámbito institucional y
ver que su punto de vista es diverso del masculino". La prensa
mundial hizo grande eco de la pregunta y poco caso y publicidad a la
respuesta. El Papa respondió con ternura y profundidad: "Siempre me
causa gran impresión, en el primer Canon, el Canon Romano, la
oración especial por los sacerdotes. En esta humildad realista de
los sacerdotes, nosotros, precisamente como pecadores, pedimos al
Señor que nos ayude a ser sus siervos. En esta oración por el
sacerdote, y sólo en esta, aparecen siete mujeres rodeando al
sacerdote. Se presentan precisamente como las mujeres creyentes que
nos ayudan en nuestro camino. Ciertamente, cada uno lo ha
experimentado. Así, la Iglesia tiene una gran deuda de gratitud con
respecto a las mujeres ( ) Las mujeres hacen mucho por el gobierno
de la Iglesia, comenzando por la religiosas, por las hermanas de los
grandes Padres de la Iglesia, como san Ambrosio, hasta las grandes
mujeres de la Edad Media: santa Hildegarda, santa Catalina de Siena,
santa Teresa de Ávila; y recientemente madre Teresa. ( ) como
sabemos, el ministerio sacerdotal, procedente del Señor, está
reservado a los varones, en cuanto que el ministerio sacerdotal es
el gobierno en el sentido profundo, pues, en definitiva, es el
Sacramento el que gobierna la Iglesia. Este es el punto decisivo. No
es el hombre quien hace algo, sino que es el sacerdote fiel a su
misión el que gobierna, en el sentido de que es el Sacramento, es
decir, Cristo mismo mediante el Sacramento, quien gobierna, tanto a
través de la Eucaristía como a través de los demás Sacramentos, y
así siempre es Cristo quien preside[1] <#_ftn1> ". No es el hombre
quien gobierna, ¡es el sacramento! Por tanto no cabe hablar de
discriminació
El actual Pontífice se ha mostrado sabio y delicado a la hora de
aclamar la figura de la mujer así como en los momentos en los que ha
recordado cuál no es su función y los motivos de ello. Bien puede
pensarse que lleva en la mente aquel sentido agradecimiento que con
motivo de la IV Conferencia Mundial sobre la mujer en Pekín redactó
Juan Pablo II a modo de carta.
4. Agradecimiento a las mujeres
Benedicto XVI no cesará de reivindicar la riqueza del genio
femenino. Ya lo ha hecho y, qué duda cabe, lo seguirá haciendo. El
reflejo de esas manifestaciones comienza a dejarse sentir en muchos
otros ámbitos de la Iglesia. Cómo no traer a cuento aquellas
palabras de gratitud pensadas, escritas y pronunciadas por aquel
gran poeta y Papa, Juan Pablo II, que hayan eco en su predecesor:
"Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser
humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia
única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la
luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento,
punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino
al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al
servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo
familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu
sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los
ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y
política, mediante la indispensable aportación que das a la
elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a
una concepción de la vida siempre abierta al sentido del «
misterio », a la edificación de estructuras económicas y políticas
más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de
las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con
docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a
toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta « esponsal », que
expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su
criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la
intuición propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo
y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas".
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