Conferencia Corpus de Lérida, 7-6-07.
I. Inicio.
El pasado domingo al volver de Fátima con la familia paseamos por el Jardín Botánico de Lisboa. Es una gran exhibición de vegetación en dos grandes espacios separados, uno en la sombra, y el otro un grandioso invernadero. Cuando estábamos en el primero, bajo la acogedora sombra de tantas plantas distintas, el ambiente era agradable, después al entrar en la zona de invernadero notamos un calor intensísimo, necesario para aquella especie de vegetales. Y al volver a la zona de sombra la temperatura ya no nos pareció tan confortable sino francamente fresca y durante un largo rato.
Solo el contraste entre un ambiente y otro nos hacía reaccionar, sentir
Pero para hacerse una idea realista de lo que el cristianismo, y con él la Iglesia, ha aportado a la sociedad, es necesario saber despegarnos del momento histórico presente y de toda nuestra pequeña historia personal vivida. Coger perspectiva. Pasar de una zona a la otra del Jardín Botánico.
Si no lo hacemos así perderemos de vista
A pesar de que nuestros tiempos sean tiempos neopaganos aún vivimos inmersos en un sistema de valores, estamos dotados de unas instituciones y normas feudatarias de la cultura cristiana, con una diferencia con el pasado que cabe subrayar. Toda esta construcción, y esto es muy evidente en buena parte de Europa y, de una manera singular en Cataluña, vive un tiempo singular marcado por la erosión o destrucción de esta cultura cristiana y las instituciones sociales que ha generado. No de todos, ni mucho menos. Así, para citar un ejemplo, la benevolencia es un valor en alza, pero en el mejor de los casos hay una transformació
Pero ciertamente la pieza más deteriorada en nuestro tiempo es el sentido religioso, la capacidad de apertura del ser humano hacia Dios. Éste es el punto crucial porque éste es el gran forjador de la conciencia humana. El valor fundante sobre el que se pueden construir los otros valores. Por esta razón hoy en día es tan difícil educar, porque se quieren transmitir valores a los jóvenes y adolescentes como el respeto, el civismo, el sentido del esfuerzo, pero no hay donde fomentarlos porque aquella base religiosa ha desaparecido y, con ella, desaparece también el sentido de la trascendencia entendida en su integridad, con lo que significa en primer término de apertura al Dios inefable e indescriptible que sólo en Jesucrito podemos conocer. "Nadie conoce al Padre si no es por mí. Quien me conoce a mí, conoce al Padre".
Y de su mano viene el otro sentido de la trascendencia tan esencial para la educación, el de salir de mi yo, de mi ego, de mi individualismo para asumir a los otros.
Por esta razón nuestra sociedad está marcada por el individualismo más extremo de la desvinculació
En nuestro tiempo hay una tensión muy fuerte, en ocasiones conflictiva, entre valores nacidos de la fe y la cultura cristiana que ha engendrado, con las nuevas concepciones que afloran sólo como restos alterados de aquellos valores cristianos, porque no proponen un modelo nuevo, sino que surgen de deshacer el modelo preexistente para adaptarlo al dictado de la satisfacción del deseo, y que, por esta razón, no llegamos a construir un sistema coherente. De esta situación nace la gran paradoja de nuestro tiempo:
La paradoja de que a pesar de que es la época en que tenemos más bienes y seguridad materiales de toda la historia, el malestar, la frustración, la inseguridad crecen y crecen, y van a más.
II. Desarrollo.
Para observar con objetividad el papel del cristianismo en la forja de la sociedad cabe advertir su doble función. Por una parte es una fe, es decir el vínculo del hombre con Dios, pero al mismo tiempo es también generadora de una cultura, esto es una determinada concepción del mundo, del ser humano, nacida inicialmente de aquella fe, pero que no necesita de ella para ser asumida. Porque nos entendemos rápido. Comulgar forma parte de la fe; cantar villancicos y montar el nacimiento forma parte de una tradición cultural.
¿Qué ha aportado esta fe, esta cultura, a nuestra sociedad?
El cristianismo opera la mayor transformació
El primero y fundamental es la transformació
Esta interioridad que surge de la nueva manera de entender la religión, la relación con Dios, produce la apelación a la conciencia del ser humano, y significa la aportación de dos ideas básicas, estrechamente relacionadas: el concepto de laicidad (2) y la separación entre Iglesia y Estado (3). Ambas solo surgen en Occidente, porque es donde está la matriz de la cultura cristiana, las condiciones objetivas que lo hacen posible. Laicidad que significa que las instituciones públicas son neutrales en materia religiosa, y tiene como consecuencia la separación de la Iglesia y el Estado. Dar al César lo que es del César. No se encuentra en ninguna otra concepción religiosa. Iglesia e Imperio, no se confunden en Occidente, y cuando lo hacen dan lugar a una profunda disonancia como sucede con el regalismo, al cual Francia y España ha estado tan decantado hasta épocas recientes, sobretodo en nuestro caso. Laicidad pero entendida en términos positivos como lo expresa el jefe de
Otra aportación fundamental es la idea de la trascendencia (4) a la que ya me he referido entendida como una idea de la relación personal con Dios a través del propio Yo, que no surge tanto del cumplimiento de la ley como del reconocimiento de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo y de su carácter salvífico. La Epístola a los Romanos, no es solo una pieza religiosa monumental, sino la matriz cultural de muchas dinámicas posteriores. No existiría filosofía europea sin este sentido de ascender, scendere, más allá, trans. Kant, Husserl, Jaspers, entre otros, manejan diferentes sentidos de trascendencia para construir su filosofía. La trascendencia es en los planos social, económico y político, por tanto antropológico, el contrapeso del individualismo al que necesariamente nos conduce la interiorizació
El cristianismo significa también una gran revolución cultural.
En primer lugar lo que es más evidente: la transmisión de la cultura greco romana (5) que el cristianismo desarrolla. Aquellas culturas llegan a nosotros filtradas, infundadas por el cristianismo. Cuando hablamos de la herencia de Roma y Grecia, absolutamente cierta, cabe añadir que no es una transmisión directa, sino con intermediaria. Platón y Aristóteles tienen en Agustín y Tomás sus recreadores geniales.
Se explica en términos exactos pero incompletos que fue el Islam el que transmitió el legado filosófico griego en Europa. Esto es cierto, pero solo hasta el siglo XIII, porque a partir de esta fecha el Islam llega a la conclusión de que es incompatible con la filosofía y acaba con ella. El libro del sufino "Algacel" "La destrucción de los Filósofos" señala el fin. Pero a partir del siglo XIII es precisamente cuando en Europa empieza a brillar la cultura que culmina en el Renacimiento. Nuestras Universidades son la mejor herencia y verificación histórica de aquello. Las Universidades son un invento, digámoslo así, del cristianismo, y con ellas de la extensión, acumulación y multiplicació
También el sentido de la historia como avance, como progreso (6). Esta es una categoría ausente del pensamiento helénico y propia de la concepción mesiánica del judaísmo, que el cristianismo aporta, y que pasado por la interpretació
Para algunos la concepción de infinitud (7) desarrolla todo su potencial en el marco referencial de la cultura cristiana, a pesar de que éste no sea su origen. La idea de las perfecciones de Dios, o su concepción como contraria a la finitud construye las condiciones para pensar y desarrollar la infinitud como algo diferente al vacío, a la nada propia del pensamiento oriental. Esta visión comporta una idea de la persona y de la sociedad diferente de aquellas otras culturas que encuentran su realización mediante la extinción del sujeto en el más allá absoluto, es decir el nirvana propio de las concepciones orientales, y aún más distinto resulta en relación al materialismo que ve en el devenir personal, la total desaparición, el convertirse en nada. Para nosotros la infinitud es el principio de la realización personal.
La razón (8) es inherente al pensamiento cristiano mucho antes de la referencia obligada en Descartes
Y aún un último apunte sobre revolución de la cultura, a menudo negligido. El cristianismo populariza la cultura, el conocimiento (9) y esto explica el desarrollo mucho más acelerado de la ciencia y la técnica en Occidente. Una ventaja hoy felizmente extendida por todas partes, porque también este vector primigéniamente cristiano es ya casi universal, quizá con la excepción, y no lo es totalmente, de países de cultura islámica.
En las civilizaciones precedentes, los conocimientos científicos y técnicos, muchos de ellos espectaculares, de los mesopotámicos, los egipcios, los griegos, veían en ellos no un elemento a compartir, sino una concepción a limitar su conocimiento porque era una herramienta de poder. Esto explica en gran medida que aquellos conocimientos a diferencia de los nuestros no se acumularan y no fueran mejorados con el paso del tiempo. Desde la construcción del espacio cristiano en Europa el progreso de conocimientos se extiende y se acumula, no se pierde en ningún momento, y esto es así, porque se hace popular, no pertenece solo a una casta. Y aquí cabe recordar una vez más la creación de esta concepción cristiana que es
El cristianismo aún produce una tercera revolución, es la revolución social.
De él surge la idea de la justicia (12), igualdad (13) y equidad (14), ésta última tan conectada al implícito católico, que no ve a diferencia de la Reforma-, en la riqueza a Dios, como se hace evidente en la lectura de los hechos de los Apóstoles. Precisamente muchos romanos admiran la moral de los cristianos para aquellos tres valores.
En cualquier caso no es una consecuencia menor que el estado del bienestar, sea una aportación de Europa al mundo, una singularidad que solo se explica a través de estas raíces cristianas. I tampoco es gratuito pensar que su actual crisis, no está desligada de negación de estas raíces. Para decirlo de manera breve y exacta: sin hijos no existe sistema público de pensiones y, sin pensiones no existe el estado del bienestar. Esto lo verificaremos en el plazo de una década en España. Han menospreciado que la economía también depende de
Y también la posibilidad de libertad (15) y de democracia (16) están en el cristianismo. Estas singularidades propias de Europa y de su gemelo occidental en América del Norte, no encuentran equivalente en ningún otro ámbito de civilización, ni en
He enumerado hasta 17 características, 17 componentes, que surgen del fundamento cristiano y crecen y se desarrollan, contrapesándose las unas a las otras, buscando nuevos equilibrios, constituyendo el "elan" europeo. Podrían apuntarse más componentes, discutirse o matizarse otros, pero el peso es indiscutible. Y este conjunto, articulado es lo que ha hecho de la civilización europea una concepción universal. Sin el cristianismo tal realidad no habría sido posible. Sin este componente cristiano Cataluña resulta incomprensible.
Estas diferencias brevemente apuntadas, nos pueden ayudar a comprender mejor la aportación cristiana a la cultura occidental y al mundo, al mismo tiempo revela la raíz de las dificultades para que cuestiones para nosotros tan obvias como la libertad personal, la democracia, o los derechos humanos lleguen a desarrollarse en otros sistemas o, simplemente, puedan implantarse. La dificultad está en la raíz inicial y la cultura que lo ha desarrollado es sumamente diferente, y por esta razón el trasplante debe experimentar adaptaciones, algunas considerables, para no ser rechazados por los anticuerpos de la cultura autóctona.
Y si entendemos mejor las causas de todo esto, no solo nos entenderemos mejor a nosotros mismos y podremos hacer frente a los problemas que como sociedad nos desconciertan y como personas nos angustian, sino que también podremos entender mejor a los otros, a aquellos que provienen de otras raíces y culturas, a los que son realmente diferentes, no porque abjuremos de lo que somos y quedemos perdidos en la nada del sin sentido, sino por todo lo contrario, porque en la medida que entendemos mejor quiénes somos, cuáles son nuestras raíces y el frondoso árbol que ha desarrollado, nos será más fácil entender la diferencia, sin miedo ni oposición a aquello que es diferente, porque el miedo y el rechazo nace de los corazones inseguros.
III. Final.
La bajada del cristianismo significa perder gran parte de todo esto o dejarlo tan deteriorado que podemos explicar en términos objetivos lo que le sucede a la sociedad, al país, bajo esta perspectiva.
La pérdida de la aportación cristiana representaría entrar en un océano marcado por la oscuridad de la incertidumbre, donde nos permiten un mundo tan perfecto en el que ya no será necesario ser bueno, como dijo Elliot. Un mundo donde el deseo más instintivo de cada uno será la norma creciente y sobre él se construirán las leyes como ha venido haciendo España en estos últimos años. Un mundo inviable, por tanto impasible.
Para nuestro país, el cristianismo-
Hemos podido entrever en una apretada y, por tanto, incompleta síntesis, la sobreabundancia de bienes espirituales, o morales y también, porque están conectados, sociales, científicos y técnicos, que el cristianismo ha aportado a la sociedad.
Sirve para comprender el extraordinario patrimonio y el potencial del cual somos depositarios, y de cómo nuestras vidas toman sentido, si se afanan no solo por su continuidad de este depósito espiritual, cultural y social, sino para continuar siendo grano de mostaza que a pesar de su aparente insignificancia crece y se desorbita.
Salir a la calle, crecer y desbordar. Este es el papel al que estamos llamados.
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